En el comienzo de los tiempos todo era Naturaleza.

En un largo proceso evolutivo, seres vivos llegan a transformarse en seres humanos.

Estos seres humanos provienen del mismo suelo al que todo y todos pertenecemos.

Estos hombres y mujeres SON NATURALEZA, como las plantas, los otros animales, las piedras y el viento.

Curiosamente, en la medida que ciertas capacidades cognoscitivas se van desarrollando en estos hombres y mujeres primitivos, ellos y ellas comienzan a interpretar que su origen es diferente a la del resto de la naturaleza.

Se produce entonces un quiebre con la naturaleza profunda de aquellos seres, una negación de su procedencia, un alejamiento de la Madre Tierra.

Así se establece una lenta pero continua alienación hasta nuestros días.

Olvidamos lo que somos. Vivimos lo que creemos que somos.

El “progreso”, la sociedad de consumo y la ideología imperante nos aleja cada día más de nuestros orígenes y de nuestra esencia.

La naturaleza desaparece cada día un poco más, de nuestras ciudades, de nuestras casas y de nuestros corazones.

No es raro entonces que este desconocimiento de nuestras raíces provoque un malestar de vivir, tan común en nuestra sociedad contemporánea.

El estrés, la ansiedad y la depresión son sólo algunos síntomas que muestran cuán lejos estamos de la naturaleza y de la felicidad.