Hablar de salud es algo complejo.

A estas alturas hemos sido convencidos de un concepto de salud en el que ésta es una meta del desarrollo humano. Salud sería un estado de bienestar físico, psíquico, emocional y social que potencia las capacidades del individuo (y su comunidad) para alcanzar la felicidad.

Esta definición teórica suena bastante bien y ya quisiéramos considerarla como deseable o cierta.

¿Pero es una definición que opera en la práctica o no?

Lamentablemente creemos que en la vida diaria estamos muy lejos de tan bonitas palabras

Dentro de la forma de estructurar el mundo que tiene nuestra sociedad, se destaca el compartimentar todo lo que sea susceptible de estudio, para desmenuzarlo y entenderlo. A partir de ello, intervenirlo, dirigirlo y aplicarlo a la vida, en beneficio (teórico) de toda la humanidad. Leonardo León, Médico.

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La salud, es uno de esos temas de estudio y de esta actividad nace la medicina.

Hemos encomendado a la medicina no sólo la investigación y entendimiento del fenómeno de salud sino también, su aplicación y mantenimiento en la vida de cada uno de los individuos que componen nuestros grupos sociales.

De esta manera y mediante la “compartimentalización” del conocimiento, hemos investido a algunos hombres con la autoridad para intervenir en nuestra salud. Cada uno de estos hombres se ha especializado en uno de los aspectos que, según el estudio, componen la salud y, a partir de esto, nos “ayudan” cada vez que lo necesitamos.

Esto, que ha llevado a progresos notables en el entendimiento de los fenómenos biológicos, ha producido a su vez un efecto preocupante y paradójico: los médicos se han posicionado como una suerte de intermediarios entre la salud y los hombres, arrogándose la potestad de determinar quien está o no sano. Y a su vez, nosotros, hombres y mujeres contemporáneos, hemos renunciado tácitamente a asumir la salud como algo propio y que nos compete en su búsqueda y construcción.

Hoy, en pleno siglo XXI nos podemos encontrar en la consulta de un médico que no nos mira, que no nos habla, que no nos toca y que de un momento a otro nos dictamina la necesidad de hacernos un cambio de hígado, porque ese órgano ya no está funcionando bien. El Gran Hechicero dio su veredicto.

¿Quién no ha experimentado alguna vez en la consulta, esa sensación de entregarle todo el poder a aquel que habla de nuestro cuerpo y por nuestro cuerpo?

Lo grave, es que en la actualidad pareciera que la medicina fuera una antítesis de la salud, particularmente cuando aquella se vincula al sector “productivo” de la economía humana. No es raro leer o escuchar “ofertas” de intervenciones quirúrgicas de diversa índole como si se tratara de cualquier producto de mercado.

En el supermercado de la salud, muchos de los que delegan su vida en los expertos, están convencidos que ya han comprado alguna solución a sus problemas

Así las cosas, creemos que no podríamos estar más lejos de esa hermosa definición de salud de más arriba.

Quizás, si cambiàramos la forma de ver y vivir la salud, si “desestructuráramos” el actual paradigma, podríamos estar mucho más cerca de alcanzarla realmente

¿De que manera sería eso posible?

No hay manuales que nos enseñen a desarmar lo que en tantos años hemos aprendido como verdades.

Pero es de sentido común que los primeros pasos tienen que ver con ampliar la mirada y reconocerse como dueño de sí mismo, como dueño de su salud y del resto de las esferas que nos componen como hombres y mujeres.

Dejar de lado la ‘intermediación’ en los aspectos vitales propios, debería constituir otro punto de partida.

Reconocerse y mirar el entorno que nos rodea, podría ser un segundo paso.

Reflexionar y crear nuevas formas de relación con TODOS los elementos del mundo en el que se vive, podría ser un tercero.

Caminar y caminar el camino con el corazón, podría ser un motor para emprender la construcción de la salud y de un nuevo ser humano.